21 abril 2009

Hoy me he sentado junto al teléfono a imaginar cómo sería si yo estuviera cerrando esa puerta detrás de mí, dejando atrás varios años de risas, encuentros, llantos y mimos. He recreado el sonido de las llaves en la cerradura, ampliado por el eco de la estancia vacía. He deseado estar ahí, dejando el felpudo bien ordenado en su sitio y mirando atrás por última vez. En una casa siempre queda un poco de las personas que la habitaron.

Hoy me he sentado junto al teléfono a comprobar que queda un resquicio de cariño y de agradecimiento, después de los años, la distancia y los muchos sufrimientos. Me ha gustado descubrir que a pesar de todo queda una huella, un recuerdo de todo el amor entregado. No fue en vano: gracias a lo bueno y a lo malo soy hoy la persona que soy, capaz de sentir lo que siento, de vivir mi vida como la vivo. Siempre nos queda un trocito de las personas a las que quisimos, para hacernos más fuertes, más completos, más humanos.

Hoy me he sentado junto al teléfono a comprobar que a veces la vida nos sorprende con pequeñas sorpresas como ésta:

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