El domingo me robaron la cartera. Ésa cartera que compré la primera vez que me llevaste a Valença, en una primavera en que yo me sentía terriblemente triste y desesperada y fui a verte para que me consolaras, ¿te acuerdas? Tomamos una botella de Azpilicueta y acabamos borrachas, y el innombrable, el sádico insaciable de tu ex no paró hasta hacerme llorar como una madalena, como una docena de madalenas, hasta que lloré todo lo que se puede llorar de una sola tacada en esta vida. Esa cartera estaba el domingo en mi bolso cuando decidí que no quería irme de Madrid sin ver el Guernica, que ya está bien de tomar cañas por la ciudad en lugar de visitar alguna vez las salas más emblemáticas de los museos nacionales, y que había que aprovechar que el domingo el Reina Sofía tiene entrada libre. Dejó de estar en mi bolso, sospecho, en algún momento entre que recomponía mentalmente el toro y observaba la forma extraña de los pezones de la mujer arrodillada. De seguro ya no estaba cuando, una vez en la calle, fui a echar mano de las gafas de sol. No me importa tanto que te hayas quedado con el dinero, ni la jodienda de tener que dedicar mi tiempo a recuperar toda la documentación, ni malgastar mi medio día en buscar una comisaría, en mantener conversaciones telefónicas interminables para cancelar las tarjetas bancarias. Lo que de verdad me duele es que te has llevado la foto de cartera que me dio mi abuelo. Que a ver a ti para qué te sirve, pero a mí me hacía compañía allá donde estuviera. Gástate el dinero, gástalo. Quiera Dioh te comah un pollo y en lah tripah lah plumah se te vuervan cushillah.
A menudo me quejo de lo ruidosa que es esta ciudad, este barrio, este edificio. Pero sabes que en el fondo me quejo de vicio, que disfruto abriendo las ventanas insonorizadas al calor y a las conversaciones de los vecinos mientras fuman en las terrazas con los torsos desnudos, amenazándose unos a otros con marcar el año que viene la casilla de la declaración de la renta que cede parte de tus ingresos a la iglesia. Sevilla en verano es una comunidad: se come juntos, se participa de las conversaciones de los demás, incluso se puede cotillear qué está mirando el vecino de enfrente en la televisión. Estos hábitos impuestos, tan molestos a veces, resultan entrañables cuando estás en una silenciosa y lejana tierra.
El campus en verano está desierto, a excepción de los albañiles que reforman (o destrozan, aún no me queda claro) la facultad por dentro, de un grupo ocasional de limpiadoras que revolucionan el departamento con su cháchara, de un par de animales de laboratorio que siguen asistiendo resignados al trabajo ineludible. Me gustaría tener un monopatín para deslizarme a lo largo del pasillo al estruendo de alguna de mis músicas favoritas, pero me conformo con ir leyendo un librito de Zoé Valdés en el autobús, en la calle, en el ascensor, mientras abro la puerta del despacho, hasta que no me queda más remedio que abandonar el mundo de las historias cotidianas para sumergirme en los proyectos, los artículos,los cálculos, las nanocosas.