14 abril 2010

Abraiante


La versatilidad del pueblo gallego, en pleno esplendor creativo.
Vamos, ¡el que no da es porque no quiere! porque para elegir tiene... :-)

14 septiembre 2009

Conversación

Abuela: ¡¡Aaaaaay mi niñaaaaaaaa!! (Me abraza. Todavía abrazada) Te vas ya, ¿no?

Yhebra
: Sí, abuela, el día 31

Abuela
: Toma tu regalo de Navidad

Yhebra
: ¡¡Abuela, por Navidad volveré!!

Abuela
: (con cara de desconfianza ¬¬) ¿Sí? Como dices que te vas dos años...

26 agosto 2009

El vaso medio vacío


En una ocasión me definí aquí como insegura compulsiva.
Ahora, además, debería redefinirme como pesimista compulsiva.


04 agosto 2009

La nada cotidiana

El domingo me robaron la cartera. Ésa cartera que compré la primera vez que me llevaste a Valença, en una primavera en que yo me sentía terriblemente triste y desesperada y fui a verte para que me consolaras, ¿te acuerdas? Tomamos una botella de Azpilicueta y acabamos borrachas, y el innombrable, el sádico insaciable de tu ex no paró hasta hacerme llorar como una madalena, como una docena de madalenas, hasta que lloré todo lo que se puede llorar de una sola tacada en esta vida. Esa cartera estaba el domingo en mi bolso cuando decidí que no quería irme de Madrid sin ver el Guernica, que ya está bien de tomar cañas por la ciudad en lugar de visitar alguna vez las salas más emblemáticas de los museos nacionales, y que había que aprovechar que el domingo el Reina Sofía tiene entrada libre. Dejó de estar en mi bolso, sospecho, en algún momento entre que recomponía mentalmente el toro y observaba la forma extraña de los pezones de la mujer arrodillada. De seguro ya no estaba cuando, una vez en la calle, fui a echar mano de las gafas de sol. No me importa tanto que te hayas quedado con el dinero, ni la jodienda de tener que dedicar mi tiempo a recuperar toda la documentación, ni malgastar mi medio día en buscar una comisaría, en mantener conversaciones telefónicas interminables para cancelar las tarjetas bancarias. Lo que de verdad me duele es que te has llevado la foto de cartera que me dio mi abuelo. Que a ver a ti para qué te sirve, pero a mí me hacía compañía allá donde estuviera. Gástate el dinero, gástalo. Quiera Dioh te comah un pollo y en lah tripah lah plumah se te vuervan cushillah.

A menudo me quejo de lo ruidosa que es esta ciudad, este barrio, este edificio. Pero sabes que en el fondo me quejo de vicio, que disfruto abriendo las ventanas insonorizadas al calor y a las conversaciones de los vecinos mientras fuman en las terrazas con los torsos desnudos, amenazándose unos a otros con marcar el año que viene la casilla de la declaración de la renta que cede parte de tus ingresos a la iglesia. Sevilla en verano es una comunidad: se come juntos, se participa de las conversaciones de los demás, incluso se puede cotillear qué está mirando el vecino de enfrente en la televisión. Estos hábitos impuestos, tan molestos a veces, resultan entrañables cuando estás en una silenciosa y lejana tierra.

El campus en verano está desierto, a excepción de los albañiles que reforman (o destrozan, aún no me queda claro) la facultad por dentro, de un grupo ocasional de limpiadoras que revolucionan el departamento con su cháchara, de un par de animales de laboratorio que siguen asistiendo resignados al trabajo ineludible. Me gustaría tener un monopatín para deslizarme a lo largo del pasillo al estruendo de alguna de mis músicas favoritas, pero me conformo con ir leyendo un librito de Zoé Valdés en el autobús, en la calle, en el ascensor, mientras abro la puerta del despacho, hasta que no me queda más remedio que abandonar el mundo de las historias cotidianas para sumergirme en los proyectos, los artículos,los cálculos, las nanocosas.

21 julio 2009

Espacios en blanco

No hace falta que diga aquí que tengo mi blog abandonado. Tampoco hago caso del Facebook, ni del Twitter, y a menudo me cuesta contestar los emails. Tengo un puñado de amigos, en su gran mayoría repartidos por el mundo, y cada día doy gracias a la red de redes por permitirme seguir en contacto con ellos. Esto sucede principalmente mediante mensajes de dos líneas.

Decía que tengo mis redes sociales internetianas abandonadas. Y es que veo el recuadro en blanco y no sé qué decir. Por ejemplo, el otro día me apetecía contar que había aprendido, de pronto y sin esperarlo, que la materia orgánica no arde espontáneamente en contacto con el oxígeno del aire por una cuestión de tránsitos de espín prohibidos. No me atreví, y estoy segura de que ustedes me lo agradecen. Podría contar también que hace calor en Sevilla, que las playas junto al Parque de Doñana son maravillosas, que sigo intentando terminar de escribir artículos, que evito a algún profesor maleducado del departamento, que no encuentro el tiempo ni las ganas para cocinar, que estoy feliz y atareada. Aunque no veo el interés que puede suponerles a ustedes este tipo de pequeñas confesiones. Podría decirles que creo haber encontrado un trabajo, en Berlín, que estoy deseando mudarme, pero que en este punto y desde hace unas tres semanas todo depende de que escriba correctamente un proyecto. Contra toda mi fuerza de voluntad, que no es demasiada, me hace mucha ilusión y me imagino ya allí, y empiezo a ordenar mi vida en torno a esa idea, aunque aún no es seguro. Y ustedes dirán, ¿Pero entonces tienes trabajo o no lo tienes? Pues oigan, yo qué sé.

Mientras tanto, sigo asomándome de vez en cuando a los recuadros en blanco, y las palabras no surgen. Me pregunto si ha pasado para mí el tiempo de escribir y relacionarme en estas páginas abiertas al público. Quién sabe, quizás pronto vengan tiempos mejores.

De momento yo les dejo un beso aquí, por si acaso alguno se pasa a recogerlo.

07 junio 2009

Being Mrs Draper

Él es moreno, guapo, inteligente. Poco hablador, pero con cierta chispa. Atractivo, interesante, autoritario, paternalista, seco. Te eligió a ti, y te cuida, te protege, incluso a veces te trata como a una niña pequeña. Cuando te besa no existe el mundo más allá de su abrazo. Sabes que te quiere, aunque nunca lo diga. Y también sabes que cuando se marcha no te echa de menos, no te necesita. Al menos durante la mayor parte del tiempo.

04 junio 2009

Cien grados de conexión

Salía del trabajo en bici y la he visto sentada en un banco del campus. Tatiana, una chica de mi pueblo. Tatiana "la tetona", no Tatiana "la caracaballo". Sobra decir de dónde le viene el mote.

La he visto y no tenía muy claro por qué me sigue cayendo mal después de tanto tiempo. Si en realidad nunca hablé con ella. Es curioso como alguna gente de tu pasado sigue provocando las mismas sensaciones pasados los años...

Ahora recuerdo: me caía mal porque el año de COU salía con el chico que me gustaba a mí. Y tenían con él una relación completamente tortuosa, de esas intermitentes, en las que constantemente andaban rompiendo y volviendo. Alberto era el chico. ¿Alberto qué más? Eso no puedo recordarlo. Se sentó delante de mí durante todo el curso de 3º, pero era muy callado y un poco tímido, sólo pensaba en hacer surf y no quería saber nada de chicas. Reparé en él justo al final de curso, y siendo tan cabezota como he sido siempre, el enganche me duró casi un año. Mi amigo Nacho fue a hablar con él, a pesar de que yo no quería que lo hiciese, sin resultados, obviamente. En realidad Nacho lo que buscaba era ligar con su hermana, con la de Alberto, no con la suya propia. La hermana de Nacho se llama Patricia, y fue novia de mi mejor amigo Tato durante varios años. Ella y su mejor amiga, que también se llamaba Patricia y que a su vez salía con mi otro mejor amigo, Fernando, me odiaban. Yo no terminaba de comprender por qué, pero probablemente tenía que ver con que por aquel entonces Tato, Fernando y yo nos pasábamos todo el día juntos. Hasta que llegaron ellas, e impusieron como condición que no nos viéramos tan a menudo. El resultado fue que yo dejé de ver a mis dos amigos, al menos en público. Probablemente Patricia no sospecha que las rosas que le llevaba Tato las había cortado yo previamente de mi jardín.

La verdad es que nunca he tenido suerte con las Patricias. Ni con las Tatianas. Tatiana "la caracaballo" tampoco era de mi agrado, pero eso se debía a que ella empezó despreciándome desde el principio y sin motivos, cuando teníamos unos once años y estábamos en la misma escolanía. Después con el tiempo coincidimos en el mismo grupo de gente, y seguía despreciándome hasta el punto de ni siquiera dirigirme un saludo. Yo la odiaba por eso, y porque se había liado con mi novio, antes de que lo fuera, pero nunca se lo perdoné. Ni a ella, ni a él, ¿por qué con "la caracaballo"? Si no tiene el más mínimo interés.

No es que me importe lo más mínimo ninguna de estas historias, pero me han hecho recordar las ganas que tenía de salir de aquel pueblo. No porque me fuera mal, que siempre conseguí tener mi grupo de amigos y pasarlo bien, sino por los cien grados de conexión que tenía con cada uno de sus habitantes. En Sevilla también se conoce la gente entre sí, pero siempre hay la posibilidad de encontrar un grupo de guiris pirados que montan un cuadro flamenco en cualquier parte en un abrir y cerrar de ojos.